viernes, 20 de marzo de 2009

FACULTAD DE DERECHO

Como decíamos ayer.... De qué me suena eso. Bueno, pues como decía, mi primer año universitario no acabó mal del todo. Aprobé tres de las cuatro asignaturas y pasé a segundo con el Derecho Romano pendiente, aunque llegó febrero y todo quedó arreglado.
El nuevo curso, segundo, seguíamos ubicados en el Hospital del Cardenal Salazar, junto con el alumnado de Filosofía y Letras. Parecía que ya empezábamos a controlar la situación. De los más de quinientos que comenzamos, ya quedaban menos. No dije que entre los compañeros había un grupo al que llamábamos los "abuelos", gente que trabajaba y eran mayores que nosotros. Así, recuerdo a Emilio Berenjena, Antonio López de Letona, etc.
La novedad ese año era que ya éramos veteranos y mira por donde aquel curso, 1981-82, llegaba Lola de Toro junto con otras compañeras de las Francesas como Paqui Escribano, fallecida años después en accidente de tráfico, María Dolores Blanco, hoy Letrada de la Junta de Andalucía y María Fortes, el trío lalala, a cuál más inteligente, Pili Seoane, Rafi Lindo, hoy Notaria de Fuente Palmera y otras más. Llegaron un poco asustados aquellos novatos y cómo no, fueron bañados en huevo, como estaba mandado. El grupo se iba agrandando.
Comenzado el curso, las nuevas asignaturas demostraban que por fin empezábamos a ver algo de Derecho, algo jurídico. Así, por fin conocíamos el Derecho Civil, Civil I, de la mano del Magistrado Juez de Primera Instancia, D. José Luis García-Hichrsfeld, un señor con bigote, peinado hacia atrás, con gran vozarrón, pero sobre todo un caballero. Explicaba aun a su pesar con el "Albadalejo", manual al uso impuesto por el nuevo catedrático de Civil, D. José Manuel González Porras, ya que había sido su maestro. El magistrado no disimulaba su disgusto, puesto que él era de la vieja escuela y para sus clases remitía cada vez que podía al "Castán" o al "Picazo". La verdad sea dicha, el "Albadalejo" no le gustaba a nadie por lo poco didáctico del mismo.
De aquella asignatura, sólo recuerdo que había una compañera que siempre llegaba tarde y como quiera que el profesor dio la orden de cerrar la puerta de la clase, ella se quedaba a tomar apuntes en la misma "gradilla" o escalón existente en la entrada, sentada, escuchando de lejos. Así, hasta que un día la sorprendió el Magistrado y al increparle el porqué de tomar apuntes en aquel sitio tan incómodo, ella le manifestó que dado que le era imposible llegar a tiempo y por no molestar se quedaba allí. Desde ese instante Pura Hernández, que así se llamaba la alumna y hoy es Magistrada del Juzgado de lo Penal en Sevilla, quedaba autorizada a llegar tarde. Creo que el profesor tenía buen ojo clínico y apostó a caballo ganador.
Otra asignatura curiosa, el Derecho Canónico, hoy llamado Eclesiástico, nos la impartía D. Juan Rubio, ex sacerdote que luego llegó a ser Decano de la Facultad, buena gente, tímido, que llegó a calificar al alumnado en tres partes: los sentados delante, el cielo, los de enmedio, entre los que me encontraba con mis amigos, el purgatorio y, los últimos de la clase, los folloneros, el infierno. Nos explicaba unos casos tan raros como curiosos, que si una niña la raptaban unos gitanos, que si luego se casaba, que el matrimonio era rato y no consumado, posibilidad de nulidad del mismo, etc., siempre aplicando el Código de Derecho Canónico, el de toda la vida, que mira por donde, el año 1982 fue derogado por otro elaborado y más moderno aprobado por Juan Pablo II. Pero ese no lo catamos. La primavera de aquel curso llegaba. Existía un patio grande al que daban las ventanas de la clase, hoy inexistente porque sobre el mismo se efectuó la ampliación de la Facultad de Filosofía y Letras. Pues bien, una soporífera tarde a primera hora en la que teníamos esta "alegre" clase y aunque raro, la clase estaba silenciosa, se ve que los gatos silvestres que ocupaban el citado patio o solar, estaban en época de celo y se oían maullidos y bufidos de todo tipo. En un momento dado, se oyó maullar fuertemente a un gato. De repente, el profesor algo alterado preguntó que quién había hecho el gato. Desde el "infierno" una voz dijo: "pues el gato, gilipollas". El follón estaba servido, el alboroto fue general y de estar tranquilos, nos dimos cuenta que había sido el educador quien alegró el ambiente. Ese Rafa Rojano era un cachondo.
Al poco tiempo, se nos presentó a una nueva profesora de prácticas que nos alegró un poco la mustia clase, Salud Rodríguez Serrera, quien luego ejerció como Procuradora y hoy es abogada.
El Derecho Penal I nos lo dio a nuestro grupo de tarde un profesor muy peculiar, Francisco Lillo, asignatura por la que pasamos sin pena ni gloria, aunque fue nuestra toma de contacto con el mundo del delito y nos enseñaron que "nullum crimen sine poenae", manual el Rodríguez Devesa.
Economía la impartía una profesora que también lo hacía en ETEA, esposa de un alto directivo de la entonces Caja Provincial de Ahorros, Zafra-Polo. Sus clases eran amenas, nos dio sobre todo microeconomía. La ley de la oferta y la demanda: mantequilla y margarina. Vamos que la gente compraba margarina si no quedaba mantequilla. Origen del Banco de España, la Bolsa, etc.
Derecho Internacional Público la daba un catedrático maño, vamos de Zaragoza, Mariño de apellido. Un tío la mar de salado, con perilla y bigote que daba gusto oirlo en los temas de tratados internacionales y la zona marítimo terrestre, vamos las famosas doce millas.
El curso fue fenómeno, lo aprobé todo aunque sólo saqué notable en Internacional.
Llegamos a tercero. Curso 1982-83. Seguimos en la judería. Vamos quedando menos. Tenemos asignaturas que ya conocemos, vamos por el nombre. Así, tenemos Derecho Civil II, obligaciones y contratos, que nos la daba el catedrático D. José Manuel González Porras, como dije anteriormente, oriundo de Peñarroya-Pueblonuevo, discípulo de Manuel Albadalejo, cuyo manual nos hizo adquirir; explicaba sus clases y hacía los mismos ademanes que su maestro. Lo pudimos comprobar, al menos yo saqué tal conclusión, cuando vino a dar algunas conferencias años después. Sobre todo, cuando se quitaba y ponía las gafas. Pero decir que se esforzaba por enseñarnos. Una de las anécdotas de aquel año que me pasó con él fue cuando realicé el examen de junio. Como era el vicedecano de la Facultad, tenía un despacho en el Rectorado de la calle Alfonso XIII, me citó allí para que le leyese el examen dado que según decía no entendía mi letra. Nada más entrar, me dijo "Le auguro a Ud. un negro porvenir si se piensa presentar a oposiciones con esa letra que tiene". Mira tú que alegría me dio. Y es que mi letra parecía la de un médico, algo normal a la velocidad que tomábamos apuntes.
La asignatura de Derecho Penal II nos la daba Horacio Roldán Barbero que hoy día sigue dando clase. Buen profesor. Un día explicando el delito de hurto, al ponernos un ejemplo, se le escapó la palabra "mendingo" por mendigo, a lo que alguien le replicó "sí, que estaba mendingando". El jolgorio fue notable.
El Derecho Administrativo I nos lo dieron a la limón Manuel Rebollo Puig y el nuevo catedrático D. Luis Cosculluela Montaner, antes mencionados. Recuerdo la forma de expresarse de Cosculluela mediante un lenguaje culto, cultísimo diría yo. Nos recordaba a aquellos telediarios que decían cosas inentiligibles para el pueblo. Pero si algo hemos de agradecer a ese profesor es que fue el único que nos enseñó algo práctico como aprender a manejar el Aranzadi, tanto su repertorio de legislación como de jurisprudencia. Un día, al hacer referencia a la jurisprudencia, descubrió que nadie se había preocupado de enseñarnos su manejo. Hizo traer varios tomos de la biblioteca, nos lo entregó y nos explico pacientemente su uso. Gracias maestro.
Una disciplina que nos gustaba bien poco por lo aburrida era Hacienda Pública I, se supone que continuadora de Economía. Nos la daba Manuel Renedo Omaechevarría que, por aquel tiempo, salió como diputado al Congreso por el Partido Popular. Nada que comentar.

sábado, 7 de marzo de 2009

UNIVERSITAS CORDUBENSIS

Aprobada la Selectividad, denegada la beca solicitada así como el traslado de expediente a Granada para estudiar Filología Inlgesa, sólo me quedaba la opción de cursar una carrera en Córdoba. El problema era cuál. Me decidí por Derecho porque se acababa de crear ese año de 1980 la Facultad de Derecho en Córdoba junto con la de Jerez de la Frontera.
No es que antes no hubiese dichos estudios en nuestra ciudad, existía el Colegio Universitario adscrito a la Universidad de Sevilla, sólo que se cursaban los tres primeros años de la carrera en Córdoba para luego, los dos últimos ir a Sevilla y el título lo obtenías por dicha Facultad. Los profesores venían muchos de ellos desde la ciudad hispalense, aunque otros eran abogados en ejercicio. La sede estaba compartida con la Facultad de Filosofía y Letras, en el antiguo Hospital del Cardenal Salazar, donde siguen en la actualidad estos estudios. Lugar maravilloso e incomparable donde pasé los tres primeros años de la carrera hasta el definitivo traslado al antiguo Hospital Antituberculoso de Puerta Nueva en el año 1984. Parecía que nuestro destino era ir de hospital en hospital sin estar enfermos.
Según supimos luego por el Profesor Peláez del Rosal éramos la Promoción "Princeps". Por lo visto se denominó siempre así a la primera promoción que coincide con la creación de la Facultad de Derecho, aunque administrativamente siempre hemos sido la cuarta. Y ello porque cuando nosotros comenzamos primero, hubo delante nuestra otra promoción que comenzó cuarto, la de 1977-1982, la cual, cuando nosotros comenzamos segundo, ella comenzó quinto. Al finalizar ese año, esa promoción fue la primera que finalizó los estudios de la Facultad de Derecho de Córdoba, sólo que los había iniciado en el Colegio Universitario. Detrás de ella, hubo dos más, hasta que llegó la nuestra, que se licenció oficialmente en el mes de junio de 1985. Por ello, a pesar de ser la cuarta promoción administrativamente hablando, en puridad, es la primera que inició su andadura el año 1980 para finalizar en 1985. Bueno, eso sí, los que acabaron, entre los que me incluyo y que no llegó a medio centenar, de los casi quinientos alumnos matriculados en primero.
Según nos contaron, el mérito de instaurar la Facultad de Derecho en Córdoba se debió a las fuerzas políticas de aquellos tiempos donde predominaba la UCD de Adolfo Suárez y según parece, dado que la Universidad de Córdoba era muy joven, data de primeros de los setenta, se decía que no lo era de forma completa hasta que tenía sus propios estudios de Derecho. Así las cosas, el siguiente problema que surgió fue el del lugar de su ubicación. Para ello se pensó en rehabilitar el antiguo hospital de Puerta Nueva, cuyo claustro perteneció al Convento de la Orden del Carmelo, propiedad de la Excma. Diputación de Córdoba. Todavía quedan recuerdos de su antiguo propietario que se refleja en las puertas de madera de color verde claro y oscuro de algunos departamentos y aulas. La forma de pensar de los políticos quedó reflejada en el tema de las aulas. Como digo, nuestra promoción sola contaba con un número no inferior a quinientas personas y tras la rehabilitación del edificio principal se habían construido ocho aulas, con una capacidad máxima de cincuenta plazas cada una de ellas, recayentes a la fachada principal. Era algo absurdo. Cuando un día le pregunté al Secretario de la Facultad, a la sazón D. José María Viguera Rubio, Catedrático de Derecho Mercantil, el porqué de tal insensatez, el mismo me contó la anécdota siguiente.
Por lo visto, cuando se estaba remodelando el edificio, hacia el año 1981 ó 1982, visitó las obras el Ministro de Administración Territorial, D. Luis Cosculluela Montaner, que luego llegaría a ser Catedrático de Derecho Administrativo en la Facultad, alguien le comentó el número de alumnos matriculados en primero y el problema de las aulas tan pequeñas. La respuesta fue contundente: si queréis Facultad de Derecho tomadla así y luego vosotros la remodeláis o ampliáis, si no, no hay Facultad. Forma más rara de pensar los políticos. La Facultad tenía que adaptarse al edificio y no como debería ser: adaptar el edificio a las necesidades del alumnado y docentes.
Pero no adelantemos acontecimientos. Volvamos al viejo edificio de la judería. Así, como éramos tanta gente, nos dividieron en dos grupos, mañana y tarde, por el viejo sistema salomónico de los apellidos: de la A la L, por la mañana, y de la M a la Z, por la tarde. A mí me tocó por la tarde.
El profesorado, al principio, continuó siendo el mismo del Colegio Universitario, aunque paulatinamente se fueron incorporando nuevos catedráticos en distintas disciplinas. Así, aterrizó un nuevo catedrático de Derecho procesal, D. Manuel Peláez del Rosal, el cual se encargó en un principio de la Biblioteca, aunque unos años más tarde llegaría a ser el Decano. También llegó como Catedrático de Derecho Civil D. José Manuel González Porras, natural de Peñarroya-Pueblonuevo y nuevo en la plaza, el Catedrático de Derecho del Trabajo, D. Federico Durán López, el cual aceptó ser el Decano de la Facultad y su inseparable D. José María Viguera Rubio, como Catedrático de Derecho Mercantil, quien se hizo cargo de la Secretaría de la Facultad.
Como estaba mandado, aquel primer año se inició con la consiguiente novatada. Bromas que gastaban los mayores a los recién llegados. El día que nos tocó a nosotros, yo personalmente logré escabullirme, entre otras razones, dada mi altura y anonimato, observé desde lejos las novatadas. En un momento dado, recuerdo que uno de los veteranos, de segundo, creo que se llamaba y llama José Antonio Balsera, antiguo alumno salesiano como yo, me dijo que si no era también novato. Ante la pregunta, le respondí que, en efecto, que sí lo era, pero que estaba en Veterinaria y se lo creyó, con lo que me dejó en paz. Unos días más tarde comprobó mi mentira. El final de la novatada fue arrojar huevos a los novatos, adquiridos en un puesto de idem, al lado de la Facultad de Filosofía, que luego sería una de las entradas a la Delegación de Empleo de la Junta de Andalucía, en concreto, el C.M.A.C. en la calle Romero, al lado de la taberna Pepe el de la Judería.
Las asignaturas de aquel primer curso eran sólo cuatro: Derecho Romano, impartida por el hoy compañero y Abogado Eduardo García Bala, mientras que al grupo de mañana le daba otro insigne Letrado, Joaquín Illescas. Historia del Derecho, recuerdo que nos la daba un abogado sevillano todos los Viernes, de 16 a 19 horas, tres horas seguidas, para luego volver a la capital hispalense. Derecho Natural lo impartía Adolfo Jiménez-Castellanos, abogado igualmente y, finalmente, Derecho Político, nos lo daba un incipiente profesor, Manuel Rebollo Puig, hoy notable Catedrático de Derecho Administrativo, discípulo de López Menudo, al que constantemente nos hacía referencia.
Como anécdota de aquel curso, decir que la tarde del 23-F, Lunes, día aciago del intento de golpe de Estado protagonizado por el Teniente Coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina con el asalto al Congreso de los Diputados, y como quiera que unos días antes habíamos realizado el primer examen parcial de Derecho Político, el cual superé sin grandes alharacas, los compañeros que habían suspendido podían revisar su examen en el departamento de Político (por cierto, un adosado a la pared con paneles y una puerta). Bien, pues sobre las 18,30 aproximadamente y cuando en esas estaba mi querido amigo y compañero de carrera, Rafael Perales Romero, viendo el examen con Manolo Rebollo, de repente y según nos contó Rafa, aparece uno de los conserjes, el archiconocido Navarro, y le dice al profesor. "D. Manuel, que acaban de dar un golpe de estado, que ha entrado un guardia civil en el Congreso y los tiene a todos secuestrados". Los presentes se pusieron un poco nerviosos y Rafa que para eso es un lince, le dijo al profesor que en esa situación qué iba a hacer con el primer parcial de Político suspenso, ante lo cual, Rebollo le puso aprobado en el examen y salieron pitando. Ya ves tú, como si aquello fuese lo más grande del mundo. Pero el compañero consiguió su propósito.
Quiero hacer mención a los compañeros que hicimos grupo aquel primer año y que con el devenir de los años seríamos buenos amigos hasta el día de hoy.
Así, en un principio y de forma casi imperceptible nos colocamos en un inicio en orden, conforme a nuestros apellidos. Así, en mi caso, a mi lado estaba la desaparecida Sofía Muñoz Cantador, cuya muerte ocurrió hace bastantes años en un trágico accidente de tráfico, que llegó a ser abogada y era de lo más simpático de la promoción, descanse en paz y sirvan estas líneas de pequeño homenaje. Al otro lado, se sentaba Reyes Muñoz Pinilla, con la que tuve poco contacto, entre otras razones, por su timidez. Detrás mía estaban dos alumnos procedentes del Colegio Cervantes o también llamados Maristas, dos Rafaeles como dos soles: Rafael Perales Romero y Rafael Rojano Segorbe. Del primero ya comenté su anécdota, hoy gran abogado dedicado al mundo del transporte, mientras que Rafa Rojano es funcionario, además de su gran dedicación y pasión al mundo cofrade. Por la letra R también estaba José Rafael Romero Cobos, compañero proveniente como yo del Instituto Séneca, gran amigo y compañero de fatigas, hoy también funcionario. Por su lado, se sentaba nada más y nada menos que José Miguel Tirado Tejedor, vamos Miguel Tirado para los amigos, compañero del Séneca, del teatro, de viajes y de tantos y tantos buenos ratos que echamos, hoy en día abogado en ejercicio, cuyo hermano, Román, fue por determinadas circunstanscias, mi padrino de jura en el Colegio de Abogados. Qué pequeña es Córdoba. Niñas. Respecto a éstas, allí estaba Concha Sánchez Gómez, de Posadas, a la que la conocí por culpa de mi torpeza, vamos que llegué a pisarla sin querer y cada vez que me veía, se levantaba. Creo que me consideraba algo pataleto. Fue al principio, pero luego se hizo del club que nos juntábamos al final de cada clase en los pasillos a fumar, cuando fumábamos. Al grupo también pertenecía Pepa Moreno Chacón, gran amiga y hoy dedicada a la función pública, también Carmen Sáez Lara, proveniente del Instituto López Neyra, para mí la tía más inteligente y lista de la promoción, siempres sacaba sobresalientes y matrículas de honor y no nos equivocamos, hoy es Catedrática de Derecho del Trabajo, fue Letrada del Tribunal Constitucional y yo que sé de cosas más. También estaba la letra Z, destacando entre ella, Juana Zurita Raya, persona amable donde las haya, vamos buena gente, aunque al principio se quedó en el Departamento de Mercantil, opositó al cuerpo de Interventores y se dedica a la función pública, aparte de ser la compañera de otro gran amigo, Mariano López Benítez, otro de los "cocos" de la promoción, haciendo siempre gala de un gran discurso, tío inteligente y compañero de todos, hoy dedicado a la Universidad y Catedrático de Derecho Administrativo. Vaya pedazo de promoción. También estaba un compañero procedente de la entonces llamada Universidad Laboral, Santiago Merino Ávalos, hoy dedicado a la abogacía orientada al tema fiscal. También se unió al grupo otra compañera que al principio siempre iba con Pepa Moreno y que se llama María Dolores Tejederas Uceda, oriunda de Fernán Núñez, hoy trabajando para el Servicio de Empleo, no sé si del Estado o autonómico. No puedo dejar de mencionar a Marina López Aguirre, compañera y abogada igualmente, ni a tantas otras compañeras a las que pido perdón por no recordar sus nombres y referidas a aquel año. La mujer se estaba imponiendo.
Aquel curso se eligió delegado a Federico Nieto, tío de gran labia y cumpliendo siempre con su labor, primo hermano de otro gran estudiante y de igual nombre, me refiero a Federico Navarro Nieto, hoy dedicado a la docencia como Catedrático de Derecho del Trabajo y Decano de la Facultad de Ciencias del Trabajo.
Recuerdo que aquel primer año todavía estaba de moda ir de "mesones", por la judería, sobre todo, la calle Deanes, donde estaban los bares y tabernas donde muchas veces nos reuníamos, en el bar del mismo nombre de la calle citada, hoy desaparecido, "Deanes", el Bar-Mesón "Albolafia", hoy día desaparecido y sustituido como no por una gran tienda de souvenirs, el Mesón "El Burlaero", compartiendo entrada con la puerta falsa de "El Caballo Rojo", "Pepe el de la judería", "Casa Rafaé", "La Uva", donde servían el famoso fifty-fifty, mitad vino blanco mitad dulce, "El Churrasco" para tomar café, Bar "Mezquita", donde te ponían los mejores boquerones en vinagre del mundo, o en "Santos", la mejor tortilla de patatas, Mesón de "El Conde", el Mesón de la Luna, etc.
Ya por aquella época comenzaron algunos problemas suscitados por los planes de estudio, respecto a los alumnos que nos precedían y se montaron algunas huelgas, por ejemplo con el Mercantil, también con la masificación de las aulas, aunque la sangre no llegó al río. Muchos de aquellos huelguistas hoy son reputados abogados, procuradores y hasta jueces. La vida seguía.
También nos apuntábamos a toda fiesta que diesen bien en Agrónomos, Derecho o Filosofía y Letras, cualquier sábado. Un día, algunos nos escapamos de clase y fuimos al Cine Góngora a ver una película nueva, "La vida de Brian", de los Monty Phyton. No me he reído más en mi vida.
En cuanto a los exámenes, decir que no hubo gran dificultad por mi parte en superarlos, menos uno, el de Romano y todo por hacer una gilipollez: quedarme a estudiar toda la noche del tirón y sin dormir. Cuando llegué a realizar el examen, me quedé en blanco y por supuesto suspendí. Juré no volver a hacerlo más. La vida te enseña a base de palos.
Aquel año, sobre noviembre de 1981, llegó la fecha más temida para los varones de la época: el sorteo de la mili. Alguien había ido a la "zona" a comprobar las listas. Entonces existía lo que se llamaba el excedente de cupo que a mí no me tocó. El sistema del sorteo a los que estudiábamos no nos afectaba directamente, ya que la mayoría de nosotros habíamos pedido la prórroga por estudios. Pero sí indirectamente. Me explicaré. Al tener concedida la prórroga, tu nombre no salía en las listas, pero tenías que fijarte en el destino de los de tu misma fecha de nacimiento, porque el lugar de destino de ellos, sería el tuyo cuando finalizases los estudios. Pues bien, a los del mes de enero de 1962, mi mes y año de nacimiento, tenían por un lado, el destino de Olla Fría, en Tenerife, por otro el CIR 4 y 5 en Cerro Muriano y por último, habíamos tenido suerte, porque los nacidos entre los días 11 a 15 de enero, eran excedentes de cupo. En mi caso, mi destino quedó unido al CIR 5, o sea, tendría que hacer la mili pero en Córdoba, no estaba mal. Más afortunado fue mi gran amigo Antonio Cuevas, hoy veterinario, que por haber nacido el día 13 de enero de 1962 fue excedente de cupo. La ley vigente preveía que en tal caso, si renunciabas a la prórroga, automáticamente te habías quitado la mili de encima. Otra incógnita de tu futuro que se despejaba, acabar la carrera y luego hacer el servicio militar.
Claro que existía otra opción: hacer el I.M.E.C. o también llamada escala de complemento, con lo que salías de sargento o alférez, una forma de entrar en el ejército, heredera de los llamados alféreces provisionales de la Guerra Civil, y que si preferías podías seguir ascendiendo, dejando la carrera aparte. Yo lo tenía claro, lo militar no iba a ser lo mío, y dado que me había tocado Córdoba, no pensaba complicarme la vida.
A pesar de formar nuestro pequeño grupo de clase, también comenzamos a conocer gente del grupo de la mañana, aunque no coincidiésemos en el horario de clases. Aquel año también llegaron algunos antiguos compañeros de Salesianos, como Juan Bosco Jurado Pérez o José Antonio González Alarcón, ambos igualmente al día de hoy abogados. De la charpa de Rafa Rojano, comenzamos a conocer gente como Eloísa Carbonell Porras, formidable compañera, hoy dedicada a la docencia, creo que en la Universidad de Carlos III en Madrid, Pedro Ahumada Lara, Inma Córdoba, "Focho", la delegada del turno de mañana, Magdalena Entrenas Angulo, hoy compañera en el ejercicio de la abogacía, su inseparable Berta, o Diego, ya fallecido, "Gabi", Francisco Acosta Palomino, abogado igualmente, así como profesor y Director de la Escuela de Práctica Jurídica, Sebastián Almenara Angulo, hoy Procurador de los Tribunales, no pudiendo olvidar a mi gran amiga procedente del Séneca como yo, Trinidad García López, abogada también, compañeros todos ellos que con el paso del tiempo agrandarían el grupo aún más si cabe. Ese año fue fabuloso en lo que a amistades se refiere. Amplié el número de mis amistades con esta nueva peña, sin descuidar a mis antiguos compañeros, aunque reconozco que nos fuimos alejando cada vez más, ya que con quien realmente estabas todos el día era con los de Derecho.
Se me olvidaba un importante detalle: mi novia de toda la vida y hoy mi esposa, compañera, y madre de mis hijos, Lola de Toro, que a pesar de estar aquel año aún en C.O.U. en su Colegio de las Francesas, ya se venía con nosotros a todos los saraos que podía. Pero eso, eso es otra historia.

domingo, 22 de febrero de 2009

EDUCACIÓN SENEQUISTA. ACTO CUARTO Y EPÍLOGO

El mes de septiembre de 1979, pronto hará treinta años, vino con la novedad de que algunos de mis compañeros a los que le había quedado el inglés, vinieron a casa a pedirme les tradujera una serie de exámenes con preguntas. Aquello no me sonaba bien aunque me presté a hacerlo. Alguien le había comentado a alguien la facilidad de entrar en los departamentos de las asignaturas del Instituto, a mediodía, sin forzar nada y hacerse con los exámenes. Nos pusieron en contacto con un compañero de otro curso que a la sazón vivía en los bloques de pisos colindantes al centro. Este chaval tenía en su casa un tablón de madera con todas las réplicas de las llaves de todos los departamentos del Instituto; había entrado día a día, realizado una copia y te podía facilitar la que desearas con la sola obligación de devolvérsela. Pues según parece, mis amigos lo hicieron, arramblaron con un puñado de examenes, me los dieron, los hice todos y al parecer, el examen tenía tres folios, de los cuales acertamos con dos, con lo que el resultado fue un éxito: todos aprobaron.
Pero la verdadera novedad del curso fue la llegada, por vez primera en la historia del "Séneca", de las chicas. Llegaron a todos los cursos, pero a nosotros, como ya estábamos en COU, sólo nos pilló ese curso. Aquel año había dos clases de Letras y tres de Ciencias. En la mía, letras puras, con Latín y Griego, llegaron varias compañeras procedentes de distintos centros (Teresianas, Francesas, Esclavas, etc.). Recuerdo a Trinidad García López, hoy insigne compañera Letrada, su inseparable amiga de colegio Maite, María José de Diego, María Victoria Gómez Muñoz -a la sazón hija del que después sería mi Teniente Coronel de Artillería, D. Fernando Gómez Puebla - Mariví de las Heras, Catalina Sánchez Sánchez, etc. Pero si había una chica peculiar, esa era Esperanza Muñoz de la Espada, única procedente de las francesas. Esta iba a su bola, independiente, no solía relacionarse mucho con las demás, aunque cuando después la conocimos de verdad, se unió a nuestro grupo de amigos.
Las chicas cambiaron nuestra forma de ser, me refiero a nuestro comportamiento de chavales borricos: se acabaron los eructos, pedos y demás historias escatológicas, al menos delante de ellas. La gente se volvió un poco más "fina". Algunas de ellas se unieron al grupo de teatro, como fue el caso de Mariví o María José, lo que nos permitió escoger obras donde estuviesen representados ambos sexos.
En cuanto al profesorado, el tipo más peculiar que nos tocó aquel año fue el profesor de Filosofía, D. Otto Wagner López. Según parece, hijo de un alemán y una gaditana. Tío alto, fuerte, de poco pelo, piel clara, con grandes morros y ojos azules o grises. Estaba un poco "ido". Sus clases eran de lo más estrafalario. Nos decía que para él buen alumno era el que vestía de orden, vamos con pantalón de tergal, se refería claro a los chicos, y no con vaqueros. Ya ves tú, cuando la mayoría de nosotros era el vaquero lo que más usábamos. Otra detalle para él era leer la tercera del ABC; ahí entendimos por lo menos yo que la tercera, era la tercera página del periódico ABC y, para finalizar, la música, que por supuesto tenía que ser la clásica, nada de rock and roll, ni demás memeces. Por ello, eran muy pocos los que cumplían con los tres requisitos y puede ser por lo que en Junio de aquel curso fueron muy pocos los que aprobaron la disciplina, entre los que tampoco yo estaba.
Como anécdota acaecida con este personaje, contar que un día que estábamos de huelga, no recuerdo por qué motivo, y dado que su clase era de doce a una y como quiera que no pudimos hablar con él para comunicarle que no entraríamos a clase, algunos de nosotros nos colocamos en la entrada del Instituto para esperarlo. Y, en efecto, unos diez minutos antes apareció por la cuesta Don Otto, nos acercamos a él y le contamos lo que pasaba. Él se quedó un poco perplejo por las noticias y cuando alguien le dijo que se había colocado un cartel a la entrada del centro, su respuesta fue que no lo había visto, sobre todo, "porque cuando yo entro, entro mirando al infinito". Todo estaba dicho. Fue una respuesta inesperada que demostraba quién era el tipo.
Ese año hicimos de nuevo teatro. Joaquín seguía siendo nuestro profesor de Literatura y nuestro director artístico. La obra elegida fue de Alejandro Casona y el tema, la ínsula barataria o el Gobierno de Sancho Panza. Por supuesto que el papel de Sancho lo interpretó Antonio Luque. Con la excusa de la obra de teatro aquel año volvimos a viajar a Melilla.
Por cierto que ese año fue el de los viajes: hicimos la Ruta de la Plata (carretera Badaloz adelante, hasta Mérida, Trujillo, Plasencia y, por supuesto, hasta el Monasterio de Yuste, última morada del Emperador Carlos V). Me prendé de Mérida, aquella Emerita Augusta me caló tan hondo que si tuviese que irme a vivir a otra ciudad que no fuese Córdoba decidí que sería Mérida mi destino. En Trujillo me impresionó sus casa solariegas así como el monumento a Trujillo, imponente sobre su caballo, figura ecuestre a cuyo lado nuestro Gran Capitán parece ir montado en un pony.
Ese viaje estaba dirigido por Joaquín y el profesor de Latín, D. José, Catedrático de dicha asignatura y pedazo de profesor, buena gente y sabiendo enseñar. No olvidaré las traducciones de Virgilio. Hace unos meses concidí con él en un funeral y me dijo que dejó la enseñanza media y que ahora está en Filosofía y Letras.
Respecto al Griego, nos los siguió dando la Srta. Nemesia Nevado. Sólo éramos doce alumnos. La mayoría de alumnos de letras prefirieron la Historia del Arte, con José María Zapico. A todos se nos hizo complicada la asignatura, menos mal que teníamos a Antonio Luque pedazo compañero que nos pasaba siempre el examen y así aprobamos todos. Como anécdota de esta asignatura decir que hubo un compañero, cuyo nombre me reservo, que en el colmo de la copia se lo hizo en un examen con un libro, del cual copió toda la traducción. Cuando la Nevado dijo los resultados de la prueba, se dirigió al citado alumno y le preguntó sobre la traducción, le dijo que le parecía demasiado libre; el compañero, sin inmutarse le replicó que se había estudiado de memoria un libro que él tenía y que cuando hizo la pregunta, se acordó literalmente del texto. No se lo creía ni él, ni por supuesto, la Nemesia. Ésta por sí o por no le hizo repetir el examen durante la clase. No hace falta dudar que se lo pasó Luque y finalmente aprobó. Aquello era soltarse de manos, vamos una chulería, pero no se repitió.
La Lengua española. Me refiero a la asignatura. La impartía Alfonso Uruburu. Hasta el nombre era feo. Al principio no tuve problemas puesto que era de mis preferidas, siempre lo ha sido y siempre lo fue. El problema surgió al poco de comenzar el curso. Nos puso un examen, creo que de sintaxis, de oraciones gramaticales, cuando repartió los exámenes con las notas, compruebo que había tenido dos o tres fallos y de nota ponía un 4,5. Aquello me extrañó sobremanera y cuando me levanté de mi sitio a preguntarle al Uruburu, me detuve a preguntarle a mi primo Rafa Centella su nota y me dijo que un 8,5. Le dije qué fallos había tenido y para mi sorpresa, eran los mismos que los míos. Entonces mi sorpresa se convirtió en indignación y me planté delante del profesor con los dos exámenes, el de mi primo y el mío. Le pregunté cuál era su método de corrección. El tío se puso colorado y tras reponerse porque no esperaba mi pregunta, me dijo que él tenía en cuenta no sólo los conocimientos sino también el comportamiento en clase. Le repliqué diciéndole que lo que era el examen era referido a saber, conocer la asignatura, nada de comportamientos que para eso haía otra nota.
Descubrí en aquel instante varias cosas: que me tenía fichado junto a otros compañeros de clase como golfos, por no atender en clase; que prefería a los de las primeras filas -entre otros, mi primo- los demás éramos la chusma y, por último, no hacer lo que hice: enfrentarme a un profesor.
Me dijo que si quería que me aprobase. Yo le dije que aquello no era justo. De pronto, y de forma aturullada tomó mi examen y me puso encima del 4,5 un 5. Como sabía que tenía una libreta donde apuntaba los resultados, le obligué a modificarla. Aquello fue mi perdición, sin saberlo me había creado un gran enemigo.
Más adelante puso un examen exclusivo de verbos, todos los tiempos y todas las conjugaciones. El día del examen, cuando todos estábamos en ello, de pronto se me ocurrió levantar la cabeza, el tío me miró fijamente y no sé por qué reacción ni motivo, me enrojecí y agaché la cabeza. No pasó nada. Pero cuando puso la nota y nos dio los exámenes, sólo había fallado en un acento. La nota un 9,5 y al lado decía "buena memoria o copia". Yo, que me sabía los verbos desde siempre y que estudié. Esta vez no le dije nada, pero aseguro que me acordé de toda su parentela. Así llegamos a fin de curso y allí me estaba esperando. Me suspendió a mala leche. No suspendí, me suspendió adrede y no aprobé hasta la convocatoria de septiembre. Todavía lo veo por la calle y el tío me mira raro y más de una vez he estado por irme para él y..., pero no merece la pena. Como dice mi madre, en el pecado lleva la penitencia, aunque creo que su conciencia nunca quedó tranquila.
Pero como todo en mi vida siempre ha sido ver lo positivo, el lado bueno, aprendía con ese tipo una gran lección: nunca te enfrentes directamente a quien tiene el poder o te perjudicará.

Por lo que se refiere al ocio y diversión de aquella época, decir que la promoción que iba delante nuestra, no olvidemos, la primera que inició el invento del B.U.P., sí la que estaba en COU cuando nosotros cursábamos tercero, decidió organizar el viaje fin de curso y para sacarse unas "pelas" pidieron permiso para hacer fiestas los sábados. Era la moda, al igual que antaño lo eran los guateques, ahora se estilaban esas reuniones a las que llamamos con el nombre genérico de "fiestas". Pues bien, a los que nos precedieron se le dio el oportuno permiso y la cosa les fue bastante bien, de hecho con el dinero que obtuvieron de todas las actividades desarrolladas creo recordar que se fueron a Canarias. El sitio: el Gimnasio grande del Instituto, con entrada por la puerta que tenía al lado del puente de San Rafael.

Con tal antecedente, nuestra promoción a través de una comisión, decidió igualmente organizar el viaje de fin de curso y de igual manera se acordó montar las fiestas los sábados. En el reparto de funciones a mí me tocó estar en el servicio de orden, vamos dentro del grupo uno más. La selección creo fue hecha en base a la altura, para eso sirvió mi metro ochenta y seis, altura que conocí ese mismo año cuando me citaron un día de enero, al igual que a toda mi quinta, en el viejo caserón de Huerto de San Pedro el Real para tallarme con vistas a un futuro no muy lejano cumplir el servicio militar.

Y llegó el gran día. Fue nuestro primer sábado y hubo un lleno absoluto, aunque entre el personal había gente "rara", me refiero con ello a una serie de individuos con malas caras. Fueron precisamente esos tipos quienes, en las dos únicas fiestas más que dimos, los que se cargaron nuestro negocio. Así las cosas, la tercera y última fiesta sabatina terminó como el Rosario de la Aurora. La tarde comenzó mal. A un compañero y a mí nos asignaron la puerta de acceso. Empezaron a llegar gente de todas clases, sobre todo, "choris" que se colaban sin pagar. En cuestión de dos horas aquelló se desmadró. La música era cortada a cada momento requiriendo la presencia del servicio de orden, ora en los aseos, ora en el ropero, etc.

Cuando entré en el gimnasio vi el alboroto existente en la barra. Un grupo de energúmenos tenían acorralado a nuestro compañero Téllez, trincado del jersey y dándole voces. Me acerqué, le di un toque a uno de aquellos chorizos, los cuales se volvieron hacia mí y cuando les pregunté lo que ocurría, me dijeron entre todos que le habían dado a aquel chaval no sé si cuarenta o cincuenta vales y no les quería servir. Conseguí mi objetivo: liberar al compañero que en un momento dado se escapó, quedando ya la barra sola. Como vi que querían seguir conmigo, me fui como pude haciendo mutis por el foro.

Después me llegué al vestuario que hacía las veces de ropero. Allí la escena no era mejor. Había una gran bronca liada entre los encargados y otro grupo de choris que tenían la "sana" intención de llevarse los abrigos y cazadoras que pudiesen, aun sabiendo que no eran suyos. Como quiera que alguien tuvo la lucidez de avisar a la Policía, en esas estábamos cuando, de repente, apareció por la puerta un policía, porra en mano, sin gorra y comenzó a requerirnos sobre lo que allí pasaba. Hablé yo. Le dije que aquellos "señores" pretendían llevarse aquella ropa, a lo que el agente replicó que eso se vería en Comisaría. A mí aquello que dijo me los puso de corbata. Ya me veía dando explicaciones a mi padre y la consiguiente bronca. No sé como lo hice, pero en un momento de despiste, me largué de allí y salí del gimnasio.

Fuera pude ver aparcados hasta tres "lecheras", como les decíamos a los vehículos policiales que, por entonces, llevaban siempre tres funcionarios policiales: un cabo y dos agentes. Hubo alguna que otra detención y bastante escándalo. Como es lógico, la Dirección del Instituto, visto lo visto, decidió que "nunca mais" habría fiestas los sábados.

Tuvimos que ingeniárnoslas de otro modo para sacar el dinero necesario para irnos de viaje. Limpiamos hasta los coches de los profesores, hicimos lotería, pegatinas, etc., y al final con lo recaudado nos fuimos a Mallorca en avión, mi primer vuelo.

Aquel viaje duraba una semana, última del mes de abril de 1980, con regreso el día primero de mayo. Salimos desde Córdoba con destino a Málaga en autocar (dos creo que llevábamos, porque éramos algo más de la centena) hasta el aeropuerto de Málaga. Tutelados por dos profesores: Joaquín Aguilera, como no, y el entonces Jefe de Estudios, profesor de Ciencias. Aunque el vuelo estaba previsto para mediodía, al final se retrasó y no salimos hasta las doce de la noche de aquel día. En el Aeropuerto de Son San Juan nos esperaban otros dos autocares para trasladarnos a la Playa de El Arenal. Hotel pequeño, confortable, casi al lado de la playa. Primer problema, toda la semana estuvo lloviendo. Justo el día del regreso apareció el sol. Entre las anécdotas del viaje, significar la gilipollez de un par de compañeros de robar el chaleco salvavidas del avión. Un grupo de nosotros se perdió toda la semana en la ciudad de Palma, vamos que no dormían en el Hotel. Por lo demás, nos aburrimos como ostras.

El regreso fue más movido. Al llegar al Aeropuerto de San Julián, en Málaga, cuando estábamos esperando el equipaje, para nuestro sonrojo y vergüenza torera, se oyó por la megafonía que se recordaba a la excursión de Córdoba que mien tras no se devolvieran los chalecos salvavidas, dos más a la vuelta, no se nos haría entrega de las maletas. Aquello indignó sobremanera a los dos profesores. Tras esperar un buen rato, alguien soltó en la cinta un chaleco. Ánimo, sólo quedaba otro, que apareció a la nada. Me imagino que nos vigilaban porque en ese instante comenzó a moverse la cinta transportadora y con ella nuestro equipaje.

Tras el viaje de fin de curso, llegaron los exámenes. Aprobé todo menos las dos asignaturas comunes: Lengua y Filosofía. La primera, "gracias" a mi enfrentamiento personal con el profesor, la segunda, porque el profesor suspendió a un porcentaje alto de alumnos entre los que me encontraba.

Llegó el mes de septiembre y las aprobé las dos. Lo siguiente fue la Selectividad, examen realizado durante dos días en la antigua Facultad de Veterinaria, hoy flamante Rectorado. Lo aprobé y la cuestión era la carrera universitaria a cursar.


martes, 17 de febrero de 2009

¿NUEVA UBICACIÓN DEL C.M.A.C.?

Según parece el Centro de Mediación, Arbitraje y Conciliación (C.M.A.C.) va a ser próximamente trasladado desde su sede actual, en la calle Manriques. Este organismo, dependiente de la Delegación de Empleo de la Junta de Andalucía, es el encargado de tramitar asuntos de distinta índole (depósito de estatutos de asociaciones profesionales y, sobre todo, los actos de conciliación previos y obligatorios según la ley en el caso de despidos, reclamaciones de cantidad, etc., antes de llegar al Juzgado de lo Social).
La cuestión no pasaría de ser una mera anécdota de no ser porque, habida cuenta que el espacio actual pretende ser ocupado por la nueva Delegación de Innovación, ha surgido, según parece, la imperiosa necesidad de proceder a trasladar las oficinas del citado organismo público.
Las alternativas posibles a su nueva ubicación serían dos: Polígono Chinales (sede actual del Centro de Prevención de Riesgos Laborales y del SERCLA), Bulevar del Gran Capitán (edificio de Sindicatos, sede actual de la Delegación de Turismo y antigua sede del CMAC). Por supuesto de las dos opciones, opino que es esta última la más idónea, por su situación céntrica, conocida por todo el mundo y plenamente operativa. Sin embargo, la pretensión de trasladarse a Chinales me parece de todo punto ilógica, irracional y aberrante, por múltiples motivos: la distancia y lejanía, desconocimiento de la ciudadanía y, sobre todo, el tema del transporte. No existen líneas de autobús que lleguen a ese lugar, lo que implicaría tener que usar los medios privados para ir y venir. Además, si a ello añadimos que el Registro de entrada de las demandas es diferente al general de la Delegación, ello implicaría que cada vez que se señalase un acto de conciliación, pongamos un despido, habría que ir una vez para presentar la demanda o papeleta y otra para celebrar dicho acto.
Por ello, desde esta tribuna suplico a la autoridad laboral competente recapacite con sumo cuidado su decisión, en beneficio no sólo de los profesionales del Derecho que acudimos a diario a las dependencias del CMAC, sino también de sus funcionarios y, por ende, a toda la ciudadanía. No esperamos menos.

domingo, 15 de febrero de 2009

EDUCACIÓN SENEQUISTA. ACTO TERCERO

Llegamos a Tercero de B.U.P., año de nuestro Señor de 1978. Por fin se estabiliza esto, ya controlo la situación. Te dan a elegir entre ciencias o letras. Y por supuesto, no lo dudo, huyo de las ciencias cual perro apaleado, estoy seguro que lo mío son las letras; aún no sabía qué carrera universitaria estudiaría pero entre Moriles o Montilla, me iba más Montilla. Como dije, pasé a Tercero con las Matemáticas de Segundo pendientes, las cuales, por supuesto las aprobamos Antonio Cuevas y yo en el mes de febrero sin dificultad.
El Instituto seguía siendo masculino, sólo tíos. La plena libertad había llegado. El Director era el Catedrático de Filosofía, un tío muy apañado que hacía y dejaba hacer. Pasaron a mejor vida los vigilantes de pasillos, el cierre de puertas. Cada uno era ya responsable de sus actos y sabía lo que le convenía, si asistir a clase o no. El tiempo lo cura todo.
Prácticamente seguíamos los mismos de años anteriores en Letras, casi todo el grupo de los Trinitarios (Cantarero, Medina, Rojas, Cuevas, etc,) de salesianos creo que tan sólo quedaba el menda. Hubo novedades en cuestión de alumnos. Por ejemplo y para mi sorpresa, apareció en la clase mi primo Rafa Centella Blanco, pero es que además llegó otro Rafael Centella Gómez, nada que ver con nosotros por lo del apellido, aunque estoy seguro que venimos de la misma familia, cuya raíz se encuentra en el pueblo de Castro del Río. En suma, estábamos tres Centellas en la misma clase. También apareció un tío que se uniría para siempre a nuestro grupo, me refiero a José Miguel Tirado Tejedor. Persona noble donde las haya, siempre a tu disposición y desde siempre un caballero. Hoy día forma parte, al igual que quien esto escribe, del gremio de los Letrados cordobeses, a él le viene por su padre y por su hermano Román, a todo esto mi padrino de jura, un ya lejano 16 de diciembre de 1985.
El personaje peculiar de ese año fue un tal José Antonio, que haciendo honor a su nombre, era más de Falange que el propio "Ausente", vamos que desde el principio le pusimos de mote "El facha". El tío montó un pollo el día 4 de diciembre de aquel año, fecha andalucista por más señas. El problema surgió cuando Rafael Centella Gómez colocó la bandera de Andalucía en lo alto de la pizarra de la clase. Estábamos a punto de comenzar la clase de inglés, con Miss Astrid Piedra que, por cierto, regresó ese año de nuevo con nosotros. Como digo, entró "El Facha" vio la bandera colocada y se armó el follón. Decía que aquella bandera no era la "nuestra" que se quitase inmediatamente, a lo que naturalmente se opuso Rafael Centella. Se inició una discusión a voces y que no llegó a mayores porque en ese instante apareció la profesora, que preguntó qué pasaba, en su idioma, What´s the matter with you? Tras informarse, en buena lid, Miss Astrid le dijo al de Falange que la bandera no se quitaba y que si quería colocase al lado la bandera española, a lo que el otro repuso que no tenía ninguna pero que además él se negaba a dar clase con aquel "trapo". Miss Astrid no se anduvo con contemplaciones, dijo que eso era lo que había y que comenzaba la clase. El "facha" se dio media vuelta y se marchó. La profesora nos ordenó sentarnos, pasó lista y por supuesto le puso una falta al derechista.
Respecto al tema político quiero decir que en aquella época, la derecha, mejor dicho la extrema derecha hizo suya la insignia nacional, así solían llevar una pequeña pegatina en el dorso o correa del reloj con una banderita pegada. Creo que los que vivimos en aquellos años comenzamos a tener complejo de nuestra bandera nacional, porque en definitiva si la pintabas, la llevabas de alguna forma, parecía que temieses te calificaran como facha. Sigo diciendo que éramos todos unos pobres diablos. Espero que las nuevas generaciones de chavales no tengan complejo alguno por defender uno de los emblemas que nos definen como españoles. Así lo entendí el día de mi jura de bandera en Cerro Muriano cuando el Servicio Militar.
De todas formas el año 1978 venía con nuevos aires. Se aprobó la Constitución española, contra la opinión de muchos de la derecha que aún añoraban los viejos tiempos del Caudillo. Pero todo evoluciona, llegan gente nueva sin complejos y tira del carro para adelante.
Respecto al profesorado, destacar la llegada, aunque tarde de nuestro tutor, Joaquín Aguilera Moyano, profesor de Literatura que se incorporó en el segundo mes del curso. Fue nuestro tutor, amigo de confidencias y el revulsivo que parecíamos estábamos esperando. Se incorporó tarde porque venía de cumplir la "mili" en Melilla. Desde el principio vimos a aquel señor con bigote, bajito, delgado, templado, sabiendo mandar, que lo mismo te explicaba el Quijote, que lo dimos aquel año, como te leía una poesía de Pablo Neruda. Fue él quien me aconsejó y me descubrió a Gabriel García Márquez con sus "Cien años de soledad", con toda la saga de los Buendía.
Pero lo que revolucionó todo fue el teatro. Un día llega Joaquín y nos dice que un Banco, creo que el ya desaparecido Banco de Gredos, ha organizado un certamen de teatro entre distintos colegios que nos había apuntado y que si queríamos hacerlo tendríamos que para empezar limpiar el Salón de Actos del Instituto. Y eso hicimos. Ponernos manos a la obra. Enseguida se formó el grupo de teatro, allí estábamos como siempre, Cantarero, Medina, Paco Rojas, Antonio Cuevas, Miguel Tirado, José Luis Diez Naz, Rafael Pérez de la Concha, Antonio Luque, Pino, yo mismo, etc. Con la ilusión de montar una obra de teatro, Joaquín encontró al autor o guionista, Pepe Capdevila, un fenómeno que igual se hacía dos cursos en un año de Derecho, que escribía obras de teatro, que había escrito una obra basada en la biografía de Ernesto "Ché" Guevara, el Ché.
Tras proceder a quitar todos los enseres inservibles del teatro y limpiarlo a fondo, comenzó el reparto de papeles. El protagonista se le dio a Antonio Luque. Y no precisamente por su parecido, sino por la memoria e inteligencia que tenía este compañero. Era el único que podía aprenderse un papel tan largo y lo hizo. Hoy creo que es un gran catedrático de Griego y Latín. Los demás, la "chusma" teníamos varios papeles en la obra. Así, en el primer acto algunos de los que aparecíamos en "Sierra Maestra", con nuestros trajes de camuflaje y nuestras escopetas, de madera claro, que las hizo mi padre y luego fueron pintadas de negro, representábamos a otros personajes en el segundo acto. Así, Miguel Cantarero hacía de guerrillero en la primera parte para luego convertirse en el tercero en Fidel Castro, defensor del Ché en un hipotético juicio que se inventó el autor, pero que en realidad nunca existió. Mi personaje, también era el de un guerrillero y después me convertía en Barrientos, Presidente de Bolivia y del Tribunal que juzgaba al Che.
Los ensayos se hacían en la hora del recreo, cuando faltaba algún profesor y, sobre todo, en la hora de Literatura. Cuando se acercaba el estreno, los ensayos fueron más continuos en el tiempo. No recuerdo por qué motivo pero para realizar la obra Joaquín acudió a la ayuda inestimable del Grupo "Trápala", entonces capitaneado por Antonio, hoy día fuera del mismo y funcionario del Catastro. Ellos nos imbuyeron la técnica de la interpretación, los diálogos, se mejoró nuestra dicción y la forma de actuar, la entonación, etc. Fueron unos días maravillosos y nos lo pasamos bastante bien.
Así las cosas, la tarde-noche del ensayo general y como quiera que ya empezaba a hacer calor, a alguien se le ocurrió la genial idea de por qué no nos bañábamos en la piscina. Sí, en efecto, por aquellos años, al lado de una pequeña cancha de baloncesto, existía una piscina con su depuradora y trampolín, perfectamente alicatada, de uso privado, rodeada de setos y una valla, por supuesto con agua limpia. Digo yo que sería para que se bañara el Director y su familia. Hoy día ya no existe. Pues bien, después del ensayo y a la luz de la luna, nos fuimos todos, saltamos la puerta y nos tiramos a la piscina, en calzoncillos. Estábamos un poco "chalaos".
Y llegó el día del estreno. Mira que habíamos ensayado la entrada tropecientas veces. Al respecto decir que el salón de actos tenía varias puertas, una de ellas, la de acceso al escenario, era por donde hacíamos la salida, para entrar por las otras puertas, entre el público y cual si fuese una montaña, llegábamos al escenario. Pues bien, como digo ese día, justo en el momento de salir, va y se rompe la cerradura de la puerta de salida. Además de los nervios propios del estreno, encima aquella eventualidad. Joaquín no se lo pensó dos veces: nos hizo salir por los laterales del escenario, bajar entre el público para luego, como si llegásemos de la calle, subirnos al escenario.
El salón de actos estaba lleno a rebosar; hacía muchos años que allí no se representaba obra alguna. Hicimos nuestra función y la gente aplaudía y aplaudía. Fue un éxito.
O al menos eso creíamos nosotros. Decir que los demás colegios participantes fueron Cervantes y Salesianos. El jurado estaba presidido por el Cronista oficial de Córdoba, D. Miguel Salcedo Hierro y le acompañaban otros supuestos expertos. Cuando acabó el certamen, el jurado dio su veredicto: The winner es SALESIANOS. Vaya hombre, ganaron mis antiguos compañeros con una obra de género surrealista.
Respecto a la nuestra, la crítica se centró en el juicio que representamos, entre otras lindezas, se decía que Fidel Castro no podía aparecer sentado en el borde de la mesa del Presidente del Tribunal. Demasiado estrictos, pero en fin eso es lo que había. Sólo nos dieron una medalla por haber participado, de consolación, que falta que nos hacía.
La parte positiva de esto fue que había nacido el grupo de teatro del "Séneca", fuimos los pioneros, detrás vinieron otros. Montamos varias obras más, entre ellas una de Alejandro Casona. Joaquín descubrió que en los camerinos situados debajo del escenario había una colección de trajes de época, del Siglo de Oro, más o menos bien conservados y lo que hizo fue buscar un autor que tuviese obras de aquella época. Así, hicimos de Casona, "La ínsula barataria", sobre el "Reino" que le dieron a Sancho Panza, cuyo protagonista fue de nuevo, como no, Antonio Luque, ya que era el que tenía los diálogos más largos.
Otro aspecto positivo del teatro fueron los viajes. Joaquín organizó, con la excusa del teatro, un viaje a Melilla, saliendo por barco desde el puerto de Málaga. Y a finales de junio de aquel año nos plantamos en tan bella ciudad africana, algo que repetiríamos al año siguiente. ¡Vaya gira teatral!
Nos fuimos con nuestras escopetas de mentira metidas en las mochilas en tren desde Córdoba a Málaga y allí, a las 12 de la noche montamos en el "Vicente Puchol", barco de la Cía. Trasmediterránea, que hacia la ruta Málaga-Melilla, travesía de ocho horas. Llegamos a las 8 de la mañana. Vi por primera vez en mi vida los delfines al lado del buque, el color del mar conforme amanecía, negro, azul marino, turquesa, etc.
Fuimos recibidos por unos amigos de nuestro profesor, al parecer colegas suyos de profesión y que daban sus clases en un Instituto cercano al Monte Gurugú, lugar de nefastos recuerdos para nuestro ejército. Nos alojaron en el Gimnasio del centro y al día siguiente representamos nuestra función ante un público en su mayoría alumnos del mismo. Después regresamos a la Península tras haber comprado lo pertinente, como tabaco, los "Coronas" y "Winston", a un precio irrisorio y no digamos el alcohol y otras sustancias no confesables.
Pero volvamos al "Séneca".
Otro de los profesores que para mí destacó por su candidez fue el de Latín. No recuerdo su apellido aunque de nombre de pila era D. Manuel. Y digo candidez porque al poco tiempo de comenzar el curso y dado que también impartía sus clases a los alumnos de C.O.U., vino un día diciéndonos que vaya con la promoción de COU que le había tocado ese año. Todos los alumnos eran magníficos, pero todos y según parece todo derivaba de un par de exámenes que les había hecho y todos o casi todos habían sacado sobresaliente. A mí personalmente aquello no me cuadraba, olía a chamusquina. No tardó en descubrirse el "pastel".
Aquel año nos enteramos que cuando un profesor ponía un examen, lo escribía previamente a máquina y luego se dirijía a la conserjería, lugar donde se encontraba la máquina multicopista, un engendro que utilizaba tinta por un tubo, ponían una placa y a darle a la manivela, saliendo los folios impresos con el examen. Pues bien, la placa era de una material parecido al cartón que una vez usado, se solía echar a la papelera.
Así las cosas, los tíos de COU, muy listos ellos, se dieron cuenta que si por un casual pudiesen hacerse con el molde citado, antes del examen, sabrían las preguntas de antemano. Y así lo hicieron. El Instituto por aquella época no tenía rejas en las ventanas. Todo el mundo salía a mediodía. Sayago, el conserje-jefe cerraba todas las puertas. Tan sólo consistía en dejar alguna ventana abierta disimuladamente y en el tramo que iba de las 14 a las 15 horas, aquello estaba solo. Pues bien, los del COU se dedicaban a entrar hasta la conserjería que estaba abierta, cogían el molde y ya está, ya sabían las preguntas que iba a poner el de Latín.
Durante los primeros meses todos sacaron sobresaliente, bueno también algún notable para disimular. Pero como todo lo "bueno" dura poco, llegó el momento en que saltó la liebre. De todas formas aquello no podía durar demasiado, la suspicacia del profesor estaba a flor de piel y bastó que un compañero de nuestra clase, cuyo nombre me voy a permitir a obviar, metiese la pata. El muy capullo fue un día a preguntarle al bedel que cuándo pensaba el de Latín pasar por allí para hacer las copias de los exámenes. Aquello hizo saltar las alarmas, porque el bedel se lo comentó al profesor y sospechando algo, desde ese momento tomó la iniciativa de que cada vez que hacía un examen, iban los dos -bedel y profesor- a la parte de atrás del edificio y quemaban el molde.
Los de COU no se amedrentaron, alguien los siguió, recogió las cenizas y todavía pudieron recomponer el examen. Pero todo se acabó y aquellos alumnos no eran tan listos como parecían: eran más bien normalitos como los de las demás clases. Por eso digo que aquel profesor era cándido.
El griego nos lo impartía la Catedrática Dña. Nemesia Nevado, según parece, señorita. Una persona amable, buena, ingenua ella. Físicamente no demasiado agraciada, bajita, regordeta, pelo corto, cara redonda. No era mala profesora. Nos dio también al año siguiente, en COU, donde sólo estábamos doce alumnos. La mayoría de los de Letras escogieron Historia del Arte. Yo sinceramente elegí griego por no tener que estudiar demasiado, ahora me arrepiento de aquella decisión y máxime cuando quien la impartía era mi recordado José María Zapico.
Por último y no por ello menos importante, la asignatura de Filosofía. Nos la daba un ser especial, originario de Argamasilla de Alba, bajito, calvorota, cara de lenteja, donde destacaban unos vivos ojos azules. Era D. José una persona buena, demasiado buena, se hacía querer y tanto fue así que alguien, al ponerle el mote, se acordó del burrito "manzanillo" y con ese apodo se quedó. Él fue quien dijo aquello de "Si querer es decidir, la verdadera decisión consiste en actuar", una máxima que desde entonces aplico a mi vida.
Con este profesor nos ocurrió una anécdota a mi amigo Antonio Cuevas y a mí. Resulta que en aquella clase nos sentábamos en la misma banca, bancas que tenían unos asientos de madera plegables, vamos que se levantaban y bajaban según se necesitase, los cuales además al ser ya algo viejos, chirriaban al bajar y subir. Pues bien, un día que llegamos algo alborotados Antonio y yo, comenzamos ya sentados y delante del "manzanillo", a darnos golpes y empujones en plan broma, pero como siempre en esas situaciones alguno quiere quedarse encima del otro; tras varios empellones, el último se lo di yo, con tanta fuerza que Antonio se cayó al suelo y armando un ruido fuerte. El profesor estaba explicando y al ver lo sucedido, se calló. La tensión en el ambiente era fuerte, todos nos miraban en silencio, a nosotros y al "manzanillo", esperando la reacción de este último. Antonio estaba petrificado en el suelo y yo no digamos. Entonces el profesor comenzó a gritar "si yo fuera director de este instituto, lo primero que hacía...", yo me temía lo peor, los dos íbamos a ser arrojados a la calle, expulsados, en fin, en cuestión de segundos me vi dando explicaciones a mis padres de por qué me habían expulsado. Y siguió diciendo, tras un pequeño silencio, "... lo primero que hacía, era mandar engrasar esas bancas". Se nos apareció la Virgen. Antonio se recompuso, se sentó en su sitio, me miró con la cara blanca y desde entonces me prometí a mi mismo no hacer más el "ganso" en clase.
Ese curso, por fin aprobé todo en el mes de junio. Entre otras razones porque para acceder a C.O.U. tenías que pasar "limpio", aunque tiempo después te dejaban ya pasar hasta con dos asignaturas.

jueves, 12 de febrero de 2009

EDUCACIÓN SENEQUISTA. ACTO SEGUNDO

El curso 1977-78 se inició en el mes de octubre de 1977. Todo seguía más o menos igual en el Instituto que cuando lo dejamos. Sin embargo, la novedad más importante vino con la jubilación de "El Chino", dejaba de ser profesor y lo más importante, de ser el "Jefe" de todos. Con su ida las cosas comenzaron a cambiar.
En primer término, el centro dejó de tener "penenes", con la consecuencia fundamental de que si hubo ese curso más huelgas, algo que ignoro, a nosotros no nos afectaría. La plantilla docente sólo tenía dos clases de profesores: catedráticos y numerarios.
Creo recordar que fue en el segundo trimestre cuando se marchó el "amo" del instituto y lo sustituyó hasta el final de aquel curso el Catedrático de Dibujo, apodado "El tortugo", cuyo mote le venía como anillo al dedo, dada la configuración de su cara que, en efecto, parecía la cara de una tortuga. Ese fue nuestro profesor en dicha disciplina.
El tutor que nos asignaron fue el apellidado De la Rosa, profesor oriundo de Granada que nos impartía Lengua y Literatura. Durante las clases nos arengaba a fin de que no fuésemos tan conformistas, que debíamos luchar contra el poder establecido, el "establishment", o sea, debíamos rebelarnos contra el "chino" y sus secuaces, acabar con la dictadura que allí había montada. Curiosamente, cuando se fue el dictador, el nuevo Director lo nombró como Jefe de Estudios y agarrado al sillón nos dio no pocos problemas. De ahí el dicho "si quieres conocer a fulanillo, dale un empleíllo".
En lo referente al idioma, inglés en nuestro caso, me alegré un montón porque parece ser que habían largado al tío las "rayban" y el "ford fiesta" con viento fresco y, en su lugar, llegaba una nueva Catedrática, Dña. Astrid Piedra Albadalejo, mujer soltera, cubana de origen que pronunciaba un inglés bueno, con acento cubano. Según nos contó tiempo después, su padre fue el último embajador de España en Cuba, antes de la entrada de Fidel Castro en enero de 1959 y cuando le decíamos que nos íbamos de fiesta, y por escucharla, que nos tomaríamos un "cubalibre", nos decía que era una mentirijilla, que éramos muy jóvenes y no entendíamos aún lo que nos decía. Yo, como era mi asignatura preferida, me volqué en su aprendizaje y los resultados fueron buenos. Fue de los pocos sobresalientes que saqué aquel curso.
Pero mi gozo en un pozo. Cuando regresamos de las vacaciones de Navidad, vino el primer día y nos comunicó la triste noticia: habida cuenta que también impartía clases en la Facultad de Filosofía y Letras y dado que el Ministerio de Educación, entonces competente en la materia, le obligaba a reducir sus clases en el Instituto, la misma había optado por dejar la nuestra. Pero, tranquilos, venía una profesora sustituta.
Y llegó la nueva profesora. Tía enjuta de carnes, delgaducha vamos, con gafas grandes de ver, muy nerviosa y torpe como ella sola. Por lo visto, venía de la Academia "Salamanca" y sabía menos inglés que nosotros; sobre todo, la pronunciación, más cercana al Campo de Gibraltar, mezcla del llanito y Lepe. Desde el primer día pretendió hacer valer su autoridad, exageradamente diría yo. Nos dimos cuenta cuando uno de los primeros días de su clase, alguien tosió y ella dijo que quién había sido, el compañero levantó la mano y le dijo que para toser a la calle y lo echó fuera. Nos quedamos perplejos. No nos dejaba ni respirar. El ambiente se fue enrareciendo de tal modo que se unía la guasa que se liaba cada vez que pronunciaba o leía algún texto en inglés, que parecía estábamos viendo la película de "La vida de Brian" de los Monty Python, cuando el césar hablaba con la zeta y es que nos descojonábamos en su cara y llegó un momento en que empezó a echarnos de clase a la mayoría; todo ello unido a la rigidez de su mal entendida disciplina, nos llevó a dar las quejas al tutor. Estaba claro que en el Instituto poco inglés íbamos a aprender por mor del profesorado.
Llegó en ese curso y a nuestra clase un nuevo profesor de Física y Química, cuya presentación el primer día de clase fue: "Hola, me llamo Luis Luque Luque, soy de Luque y podéis comprar mi libro en la Librería Luque". Ja, ja, ja... fue nuestra respuesta. Profesor sabio y experto en la materia que siempre que nos explicaba un problema, nos preguntaba a rengón seguido, que si nos habíamos enterado. Por supuesto, que todos le decíamos que sí, porque de lo contrario, te lo volvía a explicar. Dada su fisonomía por entonces de aspecto más bien regordete, hizo que la clase le pusiese el mote de "El sopas".
Respecto a este profesor ocurrió una anécdota con mi compañero y amigo Antonio Cuevas y que paso a narrar. Resulta que por cierta casualidad de la vida fueron a coincidir en la cola de renovación del D.N.I. de la Comisaría de Fleming, única entonces en nuestra ciudad, el padre de Antonio y "el sopas", que chico es el mundo. Parece ser que en la eterna espera se dieron a conocer, uno como padre de su alumno y el otro como profesor. Hasta ahí ningún problema. Éste se suscitó cuando "El sopas" se enteró que tanto su discípulo como toda su familia eran naturales de Castro del Río. Ahí se lió la cosa y ello porque, según me contó después Antonio, los de Luque y los de Castro no se pueden ni ver, el odio es ascentral y visceral. Yo al principio no me lo creí, me parecía una exageración, pero lo comprobé durante todo el curso.
Así, si bien desde el punto de vista docente las enseñanzas que este profesor impartía eran impecables, empero, en la cuestión personal me parecía humillante hacia mi amigo y por ende al resto del alumnado. Y ello porque como dije antes, siempre que acababa su explicación de una fórmula o un problema, nos preguntaba si nos habíamos enterado, le decíamos que sí, para a continuación preguntarle directamente a mi amigo, y tú, Antonio Cuevas, te has enterado, éste decía que sí, que se había enterado. A renglón seguido, "El sopas" decía, "pues si el de Castro se ha enterado, es que en efecto todos se han enterado". Mi amigo y compañero de banca se ponía colorado, tanto por la humillación como por las risas que al principio aquello suscitaba, aunque ya después la gente no se reía. Recuerdo que Antonio entre dientes se cagaba en su p.... madre.
Otro profesor que me marcó desgraciadamente fue el de Matemáticas. Se llamaba D. José Mateos. Su aspecto físico era el de un niño repipi: bien peinado con raya, gafas que ocultaban su enorme timidez, de voz baja y que cada vez que quería imponerse, carraspeaba, arrastraba los pies al andar. Reconozco que saber, sabía la asignatura. Su problema, mi problema, era no saber trasladarlo a los alumnos.
Después de mi calvario con las matemáticas en primero, tras aprobarlas en el mes de febrero del siguiente año, ahora me encontraba con más de lo mismo, o peor, porque yo seguía sin enterarme de la trigonometría, vectores, senos y cosenos, algoritmos, etc. Ahora eso sí, reirnos en clase con el tío una "jartá" y no precisamente con él, sino de él.
Se me olvidaba contar que tras la criba del primer año, las nueve clases de primero quedarían reducidas a unas cuatro o cinco en segundo. José Luis Puebla nos abandonó al igual que muchos otros, prefiriendo u obligados a ponerse a trabajar. Se hizo una reordenación de las clases y hete aquí que uno de los nuevos compañeros era nada más y nada menos que "el huevo". Se había despabilado el muchacho y ese año pasó a ser el bufón de la clase. Se hizo amigo de todos. Menos mal que José Luis se marchó porque si no quien lo habría sentido habría sido él, aunque dado su carácter, creo que habrían terminado siendo amigos.
Pues bien, un día "El huevo" se trajo a clase un pollito que no hacía sino piar y piar. El susodicho no tuvo otra ocurrencia que meter al pollo en el cajón de la mesa del profesor, para cuando llegase el Mateos. Y llegó. No se percató de nada, ni siquiera de la malévola sonrisa del autor de la broma. Al poco rato, y dado el ruido que provenía del cajón, el Mateos guardó silencio, la peña se desconojaba y en eso se levantó el bromista y haciéndose de nuevas dijo que el ruido provenía del cajón de la mesa del profesor, lo abrió y sacó al pollo agarrado por una de sus pequeñas patas y se lo acercó a la cara del "Comecocos", mote del Mateos, quien se echó para atrás y le dijo al "huevo" que se marchara de clase. Escena patética.
Algo sorprendente ocurrió otro día debido al aburrimiento de estas clases. Ver la habilidad de algunos de mis compañeros con ciertas cosas. Así estábamos en clase cuando de repente pasa una mosca con un hilo atado a un pequeño cartel que decía "beba coca-cola"; o sea, había alguien que era capaz de cazar una mosca al vuelo sin matarla para después atarle un hilo a una pata. Increíble pero cierto.
Así las cosas, llegó final de curso y por supuesto suspendí las matemáticas. Vuelta a empezar en el verano con clases particulares con el profesor de las francesas y salesianos, Antonio Jiménez, un pedazo de maestro que me enseñó en dos meses de verano lo que el otro en un curso entero no fue capaz.
Pero lo triste de esto fue que tras el verano, llegaron los exámenes de septiembre y yo iba tan seguro de aprobar que cuando hice el examen me convencí de haberlo hecho tan bien que por mal que corrigiese el "Comecocos" sacaría un Notable alto. Pero como los hados no estaban conmigo en aquella asignatura, mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que la nota dada fue la de "muy deficiente", al igual que mi amigo Antonio Cuevas. ¿Qué había pasado aquí?
Ambos preguntamos por la dirección del "Comecocos", donde vivía, su domicilio en el Parque Cruz Conde y allí nos dirigimos. Nos abrió la puerta la que suponemos sería la esposa del profesor quien tras decirle quienes éramos, nos increpó diciendo: "como no estudiais, ahora venís a que os aprueben..." Sería la tía hija de su madre, decirnos eso a nosotros, tras haber estudiado todo el verano.
El "Comecocos" nos recibió en el salón de su casa, recién duchado y peinado a raya, como siempre y vestido con pijama. Nos atendió muy bien, nos invitó a sentarnos en el sofá y trajo los exámenes. Nada más ver el mío, compuesto de lo menos cuatro folios por detrás y delante, me lo entregó, sumé los puntos de cada ejercicio, eran cinco, y comprobé que aquel tío había corregido el examen con la punta de la nariz, porque tan sólo sumando los puntos de cada ejercicio me salía un 4,5, cuando en la cabecera del mismo, ponía 2,5. Increíble pero el tío no sabía ni sumar siendo profe de matemáticas. Bueno, entrando a fondo ejercicio por ejercicio, me dijo que la forma de desarrollarlos no era la que él había explicado en clase. Le dijimos que habíamos estado todo el verano estudiando, que nos habíamos gastado un dinero que no teníamos en clases particulares. Todo daba igual, aquel borrico no aceptaba excusas ni monsergas, él era el jefe, él quien mandaba y, para colmo, nos decía que las Actas estaban ya firmadas y que no podían ser modificadas. Todo era inútil. La tensión de mi amigo y la mía creció de tal modo que habríamos sido capaces de liarnos a golpes con el "comecocos" ante tal impotencia. Nos fuimos cabizbajos, deprimidos y con nuestro suspenso poniendo nuestro horizonte en los exámenes de febrero.
Para colmo de males, en el Instituto nos encontramos a otro compañero que nos dijo que habíamos sido unos tontos, estudiando todo el verano para al final no aprobar y, en cambio, él sin haber estudiado o al menos unos días antes del examen había aprobado. Aquello me llegó al fondo de mi alma y la pagué con Dios. Sí, en efecto, fue mi primera crisis de fe. Si de verdad existía Dios, no podía consentir aquella injusticia, que existiese un profesor tan hijo de su madre y unos chavales que habían perdido todo el verano estudiando, ahora su recompensa fuese un suspenso. No era justo. En venganza dejé de ir a misa los domingos, creí que ya no merecía la pena tanto rezar si luego se premiaba a quien no se lo merecía. La vida qué dura es. Reconozco que fue el primer palo de mi vida, sin saber los que me esperarían años más tarde, como a todo el mundo.
Una asignatura nueva ese curso fue el Latín. Nos la impartía nada menos que un catedrático de gratos recuerdos, D. Luis Soldevilla, profesor que además lo era de las francesas. Nos enseñó el mundo romano, su lengua, a declinar los verbos y siempre fue correcto. Por supuesto que pronto aprendí que lo mío eran las letras.
Este año el Dibujo nos lo daba el Catedrático antes mencionado, "El tortugo", en el mismo aula que el año anterior. Sólo recuerdo de aquellas clases las bromas que se gastaban, sobre todo, una. Como quiera que las perchas para los abrigos estaban dentro de unos armarios de madera corridos, algunos cogieron la costumbre aquel invierno de meterse en los armarios y pacientemente dedicarse a atar unas mangas con otras, con lo que todos los abrigos quedaban así enlazados. El follón se organizaba cuando sonaba la sirena para salir. Todos llegaban al armario cogía su abrigo y al tirar, tiraba de todos los demás, qué graciosos.
Ese año dábamos Geografía e Historia. La impartía un profesor cuyo nombre no recuerdo pero sí su fisinomía: alto, canijo, pelo rubio con flequillo y grandes gafas. Sin problemas. Nos enseñó el anticiclón de las Azores y su impacto en la climatología. Fue la primera vez que se nos hablaba de ecologismo, de los bosques, de la fauna y del cambio climatológico que se avecinaba por la contaminación de los coches y las fábricas. Nos explicó las pirámides de población. Gran profesor éste.
La Educación Física nos la dio un gran profesor, D. Paulino, nada que ver con el del anterior curso, a pesar de que no era lo mío, supo comprenderme, sobre todo por mi esfuerzo, sin heroicidades.
Respecto a Religión quiero detenerme con detalle en el profesor que nos la impartía. Era D. Francisco, un cura párroco, mayor, coadjutor de la Parroquia de San Andrés, con una visión de la realidad distinta para un cura de su época. Tenía un seillas, vamos un SEAT 600, de color verde con dos puertas. No sé por qué arte de birli birloque, Paco Rojas y Antonio Cuevas se hicieron muy amigos del cura para que los llevara en su coche. La excusa era que tenían que irse andando a su casa en la Avda. de Barcelona y aquello quedaba lejos del "Séneca" y como de todas formas él iba para allá o cerca, no le importaba llevar a los dos "prendas". Cuando los demás los vimos subidos en el coche del cura, todos comenzamos a querer que nos llevara, era una obra de caridad, sobre todo los días de lluvia que aún eran abundantes y siempre que coincidíamos con él a la salida. Había que ver ese coche lleno de gente entre los que me incluía, ese Miguel Cantarero, Paco Medina, Paco Rojas y Cuevas. Un día lluvioso nos metió a todos. El cristal del parabrisas se empañaba y teníamos que ir dándole con un paño que el cura llevaba. Paraba en un semáforo y si por causalidad pasaban niñas, nos preguntaba qué puntuación le dábamos.
De todas formas y a años vista creo que el cura nos veía a ese grupo como si fuésemos unos golfillos a los que educar, cuando en realidad comenzábamos a ser unos tunantes.
Otra anécdota a narrar fue la del día que estando en clase observamos que el "padre" como así le llamábamos tenía en su mesa una pequeña libreta en la que hacía anotaciones. Nos enrollamos para intentar ver qué es lo que allí se ponía. Dedujimos rápidamente que en cada hoja estaba anotado el nombre de cada uno de sus alumnos. Pero por si las moscas, las anotaciones las hacía en griego, vamos un griego muy peculiar: sustituía las letras del alfabeto castellano por las del alfabeto griego. Así no nos enterábamos o, al menos, él creería eso. Puede ver como en algunos casos las anotaciones eran mayores que en otras. En un momento de descuido pasé la hoja de mi nombre. En la misma sólo ponía mis apellidos y nombre en castellano. El contenido sólo tenía dos palabras con caracteres griegos, una gamma, una ou, una ar, una delta y otra ou; la segunda palabra, un phi, una épsilon, una lambda, una iota y una zed. O sea, en cristiano, ponía "gordo feliz". Ese era el concepto de aquel cura hacia mi persona. Llegué a preguntarle si aquello era cierto y me dinjo que sí, que así me veía, siempre con la sonrisa en la boca. Me quedé anodadado con su explicación pero recapacité y me di cuenta de que aquello era cierto. Siempre he sido un gordo feliz, bueno un "ligeramente" obeso y a ser posible lo más feliz que pueda, la vida es tan corta.
No quiero terminar este curso sin dejar de mencionar a algunos de los compañeros nuevos con los que compartí aula: Montero Aleu, un gran estudiante, el otro Montero y su inseparable Jose, hoy día Interventor de Cajasur el primero y funcionario de justicia el segundo. Esta pareja se traían una guasa muy especial entre ellos y siempre estaban hablando de las fuerzas ocultas, de los montoneros y los armenios.

lunes, 9 de febrero de 2009

VERANO DEL 77

El verano de 1977 transcurrió tranquilo, como siempre. Mi familia no veraneaba, tan sólo hacíamos alguna que otra escapada a la playa, en concreto, a Málaga, Torremolinos o La Carihuela. Mi padre, por aquel entonces tenía un SEAT 133, color "mierda gato" de dos puertas, con motor trasero, matrícula CO-7003-C. Decía que cuando fue a comprarlo al Polígono de la Torrecilla, Molina Hermanos, se equivocó al elegir el modelo, porque él quería haber comprado el 127. Pero en fin, eso es lo que había.
Como digo, sólo hacíamos escapadas cuando se podía, casi siempre los Domingos, como buenos domingueros. A las cinco o seis de la mañana mi madre se ponía a hacer pedazo de tortilla de patatas, picadillo y los socorridos filetes empanados. Adquirieron una nevera enorme donde metían el tinto, la gaseosa y cervezas. Nada de refrescos, en todo caso, agua. Además, en una pequeña bandeja, la fruta para el postre. Todo controlado. No más allá de las siete de la mañana salíamos, mi padre, mi madre, mi hermana Amalia, la nevera y yo. Digo la nevera porque como el maletero del coche era pequeño, la nevera iba enmedio, entre mi hermana y el que esto escribe.
Mi padre siempre quería salir lo más temprano posible a fin de evitar el sol o, al menos, que cuando el astro rey saliese estuviésemos casi llegando.
Ese coche gateando por la Cuesta de los Visos, la Cuesta del Espino, camino de Fernán Núñez, Montemayor, Montilla, Aguilar de la Frontera, Monturque, Lucena, Encinas Reales, Benamejí y Antequera. Tuvimos la suerte de que acabaron hacía poco tiempo la carretera de Málaga, es decir, lo que en la actualidad ha sido desdoblada un poco antes de llegar a las Pedrizas, porque los conductores antiguos recordaban con pánico el tránsito por una carretera estrecha y la famosa Cuesta de la Reina. Después, pasabas los tres túneles y a la nada, pasando el Pantano del Agujero, ya estábamos vislumbrando la capital costasoleña. Atravesabas la ciudad y unos diez kilómetros más, llegabas a Torremolinos.
Normalmente, llegábamos a las 9 de la mañana. Yo creía que a mi padre le daban las llaves para abrir la playa. No había nadie a esas horas. Alquilábamos una sombrilla con dos tumbonas y la omnipresente nevera en medio. Allí te tirabas todo el día en el agua, comías a mediodía en la arena y por la tarde, sobre las siete, más o menos, de vuelta. Mi madre y yo, al ser tan blancos, veníamos como dos salmonetes, "coloraos". En cambio, mi padre y mi hermana, al ser más morenos de piel, ni se les notaba.
La vuelta era criminal. El coche como es de suponer carecía de aire acondicionado. Bueno, miento, sí lo tenía, bajabas las dos ventanillas y a saborear el aire que entraba por ellas. Pero como había estado todo el día al sol, la chapa achicharraba, !Dios, qué calor! Encima, las colas de regreso a Córdoba, la carretera toda ella era de una sola dirección. Podías llegar a las once o las doce de la noche, hecho polvo, "colorao" como un tomate y que no te rozara ni la ropa. Para colmo de desdichas, el calor reinante y sofocante de la noche cordobesa.
La forma que teníamos en mi familia de quitarnos el calor era noche tras noche subirnos a la azotea. Existía allí un somier grande. Te subías el colchón y unas sábanas y a dormir. Pero antes, me encantaba mirar la noche estrellada. Todavía no hacía estragos en la ciudad la contaminación lumínica. Veías las estrellas, incluso fugaces, luces rojas que se movían, eran aviones que no ovnis. A la azotea, en principio subíamos los cuatro integrantes de la familia, sólo que a dormir, dormir, nos quedábamos mi padre y yo. A mi madre le daba miedo quedarse allí arriba. Se dormía del tirón pero había una pega: al amanecer, sobre las seis de la mañana, había que levantarse y recoger. El problema parece que estaba en que habida cuenta que nuestra casa era más baja que las que la rodeaban, y te quedabas más rato, los vecinos podían verte. Yo dormía en calzoncillos nada más. Recogías el colchón medio durmiendo y para abajo, al "horno" como decía mi padre. Yo me volvía a acostar en mi cama hasta un buen rato después.
Aquel verano, me busqué la vida para costearme las clases particulares y preparar las malditas matemáticas. No, no me fui a los albañiles. Como mi madre tenía la droguería y sus conocimientos con el público eran inmejorables, comunicó a su parroquia que se daban clases particulares a niños pequeños, vamos que el "hijo de la Amalia", así me conocían, impartía lecciones, incluso a domicilio, a niños desde primero a sexto.
Recuerdo entre mi alumnado a un chico al que yo tenía que ir a su casa, sita en la calle Hermano Juan Fernández, entonces al lado del Ambulatorio (hoy han puesto, como no, un "chino"). Todos los días, sobre las diez, llegaba a dar mi hora al muchacho, dictados, cuentas, etc. Había un detalle de ese chico que me causó una gran tristeza. Según me contó la madre, le habían detectado una rara enfermedad y le aseguraban que cuando pasaran unos años perdería la vista completamente. Aquello me impresionó y mi dedicación al chaval fue mayor aquel verano. No sé que pasó de él, si se cumplieron los terribles pronósticos pero ahí me di cuenta y recapacité si había Dios, cómo era posible que un chaval de 9 años fuese castigado de esa manera.
Otro alumno al que visitaba por las tardes era el hijo de una clienta de mi madre, Conchi Navajas, que vivía a la vuelta de la calle Antequera, vamos en la Avda. de Libia. Con éste, el detalle fue que a los pocos días le observé unas espinillas por la cara y los brazos, yo entonces desconocía lo que le pasaba. Pero me enteré, vaya que si me enteré, porque el nene me decía, me puedes rascar en la espalda y yo, tan amable le rascaba.
Llegó el fin de semana, mi tía Brígida nos había invitado a todos a irnos a su apartamento de la playa en Chipiona. Vaya fin de semana, mi cuerpo estaba extraño, no quería ir al mar, sólo quería dormir y de pronto descubro que me salen unas espinillas por todo el cuerpo: la varicela. El nene me la había pegado y aquello picaba tela. Me tiré más de una semana encerrado en mi casa, emborrizado en "talquistina", tenía espinillas por todos lados, hasta en semejante parte. Vaya con el niño y que gili que fui.
Como digo, por las mañanas venían además chavales del barrio. Los metía en mi casa, en una zona que no estaba acabada. En la mesa de comedor allí colocada, hice una pizarra con papel de estraza y la pintaba con tiza.
A las 9 de la mañana iba con mi compañero y amigo Antonio Cuevas a que nos dieran clases de matemáticas. Era nuestro maestro Antonio, profesor de las francesas y salesianos, sabía matemáticas por un "tubo" y te las explicaba tan bien que hasta te llegaban a gustar. Hoy día, creo que es el Director del Colegio de las Francesas.
Así, que aquel verano lo pasé recibiendo clases por un lado, dándolas yo mismo a los nenes del barrio y alguna que otra escapada a la fabulosa playa. Verano divino.